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Nº 494 - 4 de febrero de
2002 |
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Retorno a Casas Viejas El Juego de las ocultaciones La provincia de Cádiz oculta los escasos retos que quedan de la tragedia de Casas Viejas, uno de los hechos más trágicos y a la vez oscuros de la Segunda República. Con el trasfondo inevitable de la penosa situación de los campesinos en Andalucía, prolongada desde una Reconquista cristiana que quiso establecer la continuidad con el mundo romano y olvidar los ocho siglos de dominación árabe, la fallida rebelión de Seisdedos y sus compañeros ha caído en un olvido voluntario, parte del juego de ocultaciones con el que se ha querido escribir muchas veces la historia de España. |
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Por José María Ridao En apenas unos kilómetros, el paisaje se transforma con vertiginosa brusquedad: dejando a la derecha el perfil neblinoso de la bahía y los alrededores de San Fernando, la carretera enfila hacia Algeciras y atraviesa, de pronto, inesperados campos de tierra ocre, sombreados de palmerales y pinedas. También la luz es repentinamente otra, como si el súbito cambio de escenario obedeciera a un guión teatral, representado desde el amanecer en el trayecto entre Cádiz y el interior de su provincia. El brillo cegador de alberos y marismas mientras se costea deja paso, tierra adentro, a una claridad transparente y de cielos altos, que traza con sobria nitidez el contorno de cortijadas y caminos. En el horizonte, ya a pérdida de vista, la serranía evoca un gigantesco holograma: un primer piano de cimas densas se superpone a un segundo más difuminado, y éste a un tercero que va ganando en palidez. A continuación, la gama dominante de marrones se transforma en un perfil violáceo e impreciso, hasta parecer un último grado no del color sino de la materia: la masa terrestre de las montañas más distantes se vuelve traslúcida y gaseosa, como si se disolviese en el vapor de un frente de nubes. Tras coronar uno de tantos repechos del camino hacia el interior, la perspectiva de Medina Sidonia en lo más alto de una ruta que serpentea entre construcciones y roquedales se impone de improviso. la jornada apenas ha comenzado, y una hilera de furgonetas y camiones de pequeño tonelaje se cruza en las revueltas de la carretera. Mientras dura la ascensión, la vastedad de la comarca se divisa de tramo en tramo, con ocasión de un giro 0 al apartarse algún vehículo más lento. A mirada de pájaro, las cuadrículas de la tierra de labor se suceden con extensiones baldías, que verdean tras los meses de otoño. El contraste entre unas y otras evoca, inevitablemente, la sombría sucesión de injusticias, dramas y ensueños en cuyo reverso no ha dejado nunca de latir uno de los problemas recurrentes de nuestra historia social: la situación del campo andaluz. Desde la Ilustración a la Segunda República, hablar de progreso, hablar de libertades hablar incluso de revolución, equivalía en los pueblos desheredados del sur a declinar las variantes de un anhelo único y permanente: la reforma agraria. Un arco junto al Ayuntamiento de Medina Sidonia, en el extremo de la plaza luminosa y hospitalaria, desemboca en una calle en cuesta. A un lado, las ruinas de una antigua fortificación y, hacia atrás, la iglesia de Santa María la Mayor, a la que es fácil llegar tomando su campanario de piedra enmohecida como referencia. En el recorrido hacia ella los vestigios del pasado se multiplican, con una profusión e insistencia en los del periodo romano que contrasta con el hecho de que la villa conserve, sin embargo, un nombre del que resulta a las ciaras su pasado andalusí. A juzgar por lo que sugieren el entorno y la arquitectura, la victoria del caudillo Musà ibn Nusayr y sus supuestos jinetes árabes llegados en tromba desde el Estrecho no habría interrumpido, pese a los ocho siglos de dominio musulmán, la inquebrantable continuidad entre el mundo clásico y el cristiano. Éste sería el único heredero del esplendor de Roma, lo que en el fondo permitía despachar el intermedio de 800 años como un tiempo de usurpación y de barbarie, como una anomalía de la que habría que renacer a través de una regeneración o una reconquista. La desproporcionada exuberancia de las manifestaciones religiosas en Andalucía, así como la llamativa promiscuidad entre el poder civil y el eclesiástico -expresada en las procesiones y oficios sacros con que se celebran invariablemente las festividades de cualquier naturaleza-, tienen que ver con el deseo de borrar las huellas del pasado musulmán que guió la acción de los monarcas cristianos a partir de los siglos XIl y XIII, y del que todavía hoy no se ha desembarazado el relato histórico peninsular. También la fisonomía del campo andaluz ha sido tributaria de aquel propósito de desmemoria, al facilitar la aparición de latifundios en virtud del régimen nobiliario desde el que se hizo frente al poder musulmán, y a forzar a que se interpretase como desafío no ya político, sino sobre todo religioso, cualquier movimiento campesino contra el aberrante desequilibrio en la propiedad de la tierra. El misticismo libertario que inspiró buena parte de as revueltas del campo andaluz a finales del siglo XIX y durante el primer tercio del XX, tiñéndolas de una ingenuidad visionaria a la vez suicida y criminal, no es así más que el reverso del orden cristiano que se halla en a raíz de las insoportables desigualdades existentes en la región. Edificada sobre el solar de una antigua mezquita, la iglesia de Santa María la Mayor podría constituir, en realidad, uno de los más representativos testimonios de esta soterrada disputa -una de las más determinantes en el devenir histórico de la península, puesto que de ella se hacían derivar legitimidades de gobierno- acerca del pasado latino, reclamado con idénticos títulos por autores como Averroes o San lsidoro de Sevilla. Basta echar una ojeada a la Puerta del Trascoro para comprobar que la presencia de dos cipos funerarios romanos, reciclados como base de la arcada, no obedece a un simple deseo de aprovechar materiales de derribo. Frente a la clamorosa ausencia de restos de la mezquita originaria, cuyos elementos estructurales y decorativos se encontrarían a disposición de los constructores sobre el mismo suelo donde decidieron levantar el nuevo templo cristiano, la ubicación de esos cipos reutilizados en una puerta que sólo se abría con motivo de la visita del obispo de la diócesis y del duque de Medina Sidonia evidenciaría, por el contrario, una voluntad de exhibirlos en un lugar de privilegio. Un lugar en el que se hiciera patente la continuidad entre el pasado clásico que representaban y el presente cristiano no que pretendía alzarse como su único heredero, desplazando cualquier reivindicación equivalente por parte del islam. Estas sutiles pero incontestables controversias ideológicas en el estrecho espacio de los muros de la iglesia de Santa María, de sus símbolos y ornamentos, volverían a cobrar actualidad en 1766, cuando en pleno reinado de Carlos III y poco antes de la expulsión de los jesuitas, los ilustrados exigieron que se descolgasen de la nave de la Epístola 29 sambenitos de otros tantos ajusticiados por la Inquisición en Medina Sidonia, sustituyéndolos por altares y oratorios. Y cabría interrogarse si una posterior remodelación de la iglesia, emprendida en 1868 para construir el camarín de la Virgen de la Paz -patrona de la villa desde una Bula de Pío VII en 1802-, no obedecería también a razones de más calado que la simple necesidad de reforma arquitectónica, puesto que la imagen de la madre de Dios es trasladada desde el convento de san Agustín como consecuencia de la desamortización. Su catalogación oficial como monumento histórico-artístico -una manera de reconocer su valor, pero secularizándolo, data de junio de 1931. Esto es, apenas seis semanas después de proclamarse la Segunda República. De alguna manera, la tragedia que se vivió entre el 10 y el 12 de enero de 1933 en Casas Viejas, a no más de media hora de camino desde la iglesia de Santa María la Mayor, está relacionada con esa interminable aunque soterrada disputa que se refleja en sus muros. Convencidos de que el comunismo libertario seria proclamado en la totalidad del país, los campesinos de esta aldea gaditana -unas 400 viviendas que "muchos animales, más exigentes, desdeñarían"- se aprestaron para un reparto de tierras decidido por el Sindicato Campesino, afín a los anarquistas. La pobreza hacía estragos: las leyes aprobadas por la República prohibían a los jornaleros trasladarse de un municipio a otro en busca de trabajo y, desde meses atrás, los habitantes de Casas Viejas habían tenido que sobrevivir con unos subsidios estatales aunque repartidos por los párrocos, que no dudaban en utilizarlos como instrumento de catequesis. "Algunos prefieren no ir y pasá hambre”. Tras una reunión celebrada el 10 de enero, el Sindicato acuerda a primeras horas de la noche deponer al alcalde republicano, solicitar la rendición del destacamento local de la Guardia Civil -sin hacer daño a los agentes, porque son "semejantes"- e iniciar el cultivo de los campos. Desde el amanecer del día 11 los planes no se acomodan a las previsiones, y 24 horas más tarde el balance de lo sucedido resulta aterrador: la familia del dirigente sindical Francisco Cruz, Seisdedos, muerta y calcinada en su choza. junto a ella, otros doce campesinos. Pocos días después de conocerse las muertes de Casas Viejas, el periódico La Libertad envía a Ramón J. Sender para que indague acerca de unos acontecimientos que parecían tan graves como confusos: mientras que la versión oficial ofrecida por el director general de la Seguridad, Arturo Menéndez, hablaba de enfrentamientos entre revolucionarios y fuerzas armadas, un rumor cada vez más insistente se refería a ejecuciones sumarias de campesinos, llevadas a cabo por guardias civiles y de asalto enviados desde Medina Sidonia como refuerzo. El trabajo de Sender resulta decisivo para la fijación de los hechos, reconstruidos al detalle por el futuro autor de Réquiem por un campesino español. Desde la publicación de su primera crónica periodística, fechada el 3 de febrero, queda rigurosamente establecido que lo que tuvo lugar en Casas Viejas no fue resultado de un cruce de disparos, sino de una escalofriante matanza de hombres, mueres y niños, la mayoría de ellos escogidos al azar cuando todo había terminado y conducidos a la choza en llamas de Seisdedos, donde se les daba muerte y se dejaba que el fuego abrasara los cadáveres. Basándose en informaciones precisas, Sender relata los por menores de la reunión del Sindicato en la que se proclama el comunismo libertario, la conversación de¡ Comité con el alcalde Bascuñana, el ultimátum a los guardias civiles que se hacen fuertes en la casa-cuartel, la llegada de los refuerzos alertados por una escaramuza con los campesinos que habían cortado las líneas telefónicas, la resistencia de la familia de Seísdedos y la represión brutal e indiscriminada contra los habitantes de Casas Viejas. Muchos de ellos huyen hacia Alcalá de los Gazules, y pasarán largas jornadas sobreviviendo a la intemperie sin ropa de abrigo ni alimentos, aterrorizados ante la perspectiva de regresar al escenario de un crimen que sacudiría los cimientos de la República. El impacto emocional de los sucesos fue tan profundo en la España de la época que, empleando unos modos de proceder con el pasado similares a los que pueden rastrearse en los muros de la iglesia de Santa María la Mayor, las autoridades no encuentran mejor remedio para acallarlo que sustituir el nombre de la localidad: de entonces en adelante no se llamará ya Casas Viejas, asociado para siempre a los trágicos episodios de 1933. Ahora será Benalup de Sidonia, denominación con la que todavía hoy aparece en los mapas e indicaciones de tráfico. Al trasluz de las crónicas que Sender publica hasta el mes de marzo -recogidas bajo el título de Retomo a la aldea del crimen en 1934- van desgranándose algunas ideas que, más allá de la estricta sucesión de los hechos, ilustran la situación del campo andaluz en tiempos de la República. la miseria y desesperanza en la que viven los campesinos son absolutas. "Después de ver a estos hombres -anota Sender de su conversación en la fonda de Casas Viejas con otro corresponsal-, da vergüenza comer". Semejante estado de postración sólo puede mantenerse bajo un férreo control gubernativo, y de ahí que "la Guardia Civil, mirando con un ojo a los propietarios y con otro a los campesinos," ejerza en opinión de Sender "un protectorado civil o una dictadura despótica," según sean unos u otros los que enjuician sus actuaciones. Por otra parte, el escritor se sorprenderá de que, frente a esta humillación constante y sin salida, el comportamiento de los campesinos una vez iniciada la revuelta no se deje arrastrar por el rencor acumulado, sino que se guíe por una fraternidad casi religiosa. Seisdedos se comporta más como un apóstol que como un revolucionario anarquista, incapaz de imaginar que alguien pueda rechazar la justicia de su causa y menos aún oponerse a ella con violencia. A todos se les ofrece la oportunidad de abrazarla como propia, y en consecuencia la consigna de¡ Comité a los rebeldes es no dar motivos de animadversión: con el alcalde se dialoga, de los guardias civiles se espera una rendición sin víctimas, al propietario del único colmado se le abona la expropiación, y se le pide recibo. En la carta que Seisdedos dirige a la central sindical de Jerez comunicando la victoria del movimiento, convencido de que también allí habría triunfado, solicita herramientas para poner de inmediato los campos en cultivo. De armas o municiones, ni una palabra. El único aspecto en el que Sender no parece acertar es en la evaluación de la responsabilidad del Gobierno republicano en la matanza, con Azaña a la cabeza. Para el corresponsal de La Libertad, el presidente del Consejo tenía que saber, y en virtud de esa conjetura, da por cierta en sus sucesivas crónicas la supuesta cadena de instrucciones recibidas por los capitanes al mando de la represión en Casas Viejas. De acuerdo con la versión que éstos proporcionan y hacen correr en un documento firmado, el ministro Casares les habría dado media hora para sofocar la revuelta, al tiempo que el director general de la Seguridad, Arturo Menéndez, les habría exigido que no hubiera heridos ni prisioneros. Desbaratada a raíz de la declaración del teniente Artal, abatido por la angustia, la versión oficial en la que se hablaba de enfrentamientos, los capitanes optaron por escudarse en la obediencia debida, trasladando la responsabilidad última a tas autoridades civiles. Las dudas sobre el comportamiento de Azaña y su Gobierno sembradas así por los oficiales al mando de la represión en Casas Viejas, amplificadas después por la oposición parlamentaria, y recogidas por Sender en la prensa, escrita, no pudieron ser definitivamente desmentidas hasta 60 años después. Fue entonces cuando la familia del general Franco decide devolver un auténtico tesoro para conocer lo sucedido en Casas Viejas: los tres cuadernos del diario de Azaña robados del Consulado General en Ginebra por un diplomático deseoso de hacer méritos ante los conjurados del 18 de julio. En realidad, la voluntad que le animó a sustraer esos documentos debió de ser la misma que la que se observa en algunos detalles de los muros de la Iglesia de Santa María la Mayor, la misma que subyace en el hecho de cambiar el nombre de la aldea donde tuvieron lugar los sucesos. Por supuesto que Azaña no estuvo detrás de la represión, como tampoco el ministro Casares. Si el director general de Seguridad, Arturo Menéndez, regateó información a sus superiores, ello pudo deberse a que los capitanes implicados en el asesinato de los campesinos de Casas Viejas, y en concreto el capitán Rojas, conocían su afición a celebrar juergas y borracheras en el despacho oficial, y le amenazarían con denunciarlo. Entre tanto, y sabedor de estos pormenores, Lerroux se entrevista con los capitanes y les promete inmunidad si contribuyen a derrocar a Azaña, implicándole a él y a su Gobierno en los sucesos. Maura le aconseja dimitir para evitar que se hagan públicos los escándalos de Menéndez al frente de la dirección general. "Es odioso -anota Azaña el 23 de febrero en su diario ahora recuperado- estar aguantando impasible en el banco azul los hipócritas clamores de unas gentes que sólo buscan la caza del Gobierno o hacer daño a la República. Si fuesen desinteresados y justos se contentarían con cooperar al restablecimiento de la verdad; y después, castigar al que haya faltado. Pero no es eso lo que les importa". Pese a la energía con que Azaña se defenderá de las calumnias, pese a la entereza con que sostendrá a su ministro de Gobernación -"me consta que Casares no ha sabido lo de Casas Viejas hasta que hemos ido sabiéndolo los demás... feísimo sería hacer nada que pudiera echar sobre Casares ni la sombra de una duda"-, la utilización política de la tragedia continúa su curso. "Estaba cenando -escribe de nuevo el 10 de marzo- cuando me llama Casares y me dice que el juez, después de tomar declaración a Arturo Menéndez, lo ha enviado a Prisiones". Y apenas unas líneas más abajo: "puede pensarse que sea un exceso de celo, o una medida con segundas intenciones. Dicen que el juez es hechura de Elola, magistrado del Supremo y diputado lerrouxista. El abogado fiscal es pariente de la mujer, de Giral y furioso antirrepublicano”. Ante ese tas y otras confesiones íntimas y desesperanzadas, vertidas por Azaña en unos cuadernos corrientes, de los que entonces se usaban para la actividad comercial, la tentación de la pregunta es inevitable: ¿qué pensamientos evocaría en el más inesperado y reciente de los actuales políticos azañistas la lectura del original de estas páginas mientras lo tuvo en sus manos? Nada más dejar a la derecha la ruta que se dirige hacia las proximidades del embalse de Cabrahigo, la carretera desde Medina Sidonia inicia un leve descenso a través de un inhóspito paisaje de tunas y palmeras, y en seguida una indicación de tráfico, elemental y sin historia: Benalup. Apenas a un centenar de metros, una barriada de bloques recientes y, a continuación, las primeras construcciones del núcleo urbano. No parecen conservarse las de entonces, con una sola y estremecedora excepción: la casa-cuartel de la Guardia Civil, frente a la que Seisdedos y otros miembros del Comité aguardaron la benévola rendición de sus ocupantes durante aquella madrugada de enero de 1933, convencidos de que el comunismo libertario hala triunfado para redimir a todos los hombres. Antes de quedar semioculta tras las nuevas calles y viviendas, debió de resultar imponente en lo más alto del cerro que domina la plaza y el casco antiguo, con su anacrónico aire de fortaleza contra berberiscos, sus muros y torres de vigilancia en los que hoy verdea la cal, recortándose sobre el holograma de la serranía. Es inútil buscar otros restos del escenario que visitó Sender, enviado por el periódico La Libertad para indagar acerca de unos acontecimientos que parecían tan graves como confusos. Al fondo de la calle Cuartel, abierta sobre la carretera, asciende otra más angosta y sin comercios. Dos ventanas posteriores, bajas y enrejadas, preceden a un anodino portón verde, tras el que asoman las ramas desnudas de una higuera. Basta preguntar para que cualquier vecino responda amablemente y sin asombro: fue ahí. Un anciano con una criatura en los brazos añade, incluso: la sangre bajaba por la calle. El lugar en el que se encontraba la choza de Seisdedos, y en el que fue asesinado junto a su familia y otros doce campesinos, lo ocupa ahora un corral. En el interior de la barda de alambre se distinguen los escombros de algún derribo cercano -vigas de madera, barandillas forjadas, puertas con los cuarterones rotos-, entre los que pasea un gallo rojizo. Mientras que en la fachada de la iglesia de Benalup se exhibe una placa de mármol conmemorando los 25 años de apostolado del "Reverendo Padre Manuel Muriel Guerra, que tomó posesión el 4-VI-1934 y se celebra el 4-VI-59, A.M.G.D.", la tragedia de Casas Viejas no se recuerda más que a través de un poema y un mural pintados sobre una tapia. Los alumnos de bachillerato, que lo realizaron intentaron conjugar la iconografía del Guernica y la de los Fusilamientos del 3 de mayo. Pero como en los muros de la iglesia de Santa María la Mayor, como en el hecho de cambiar el nombre de la aldea donde tuvieron lugar los sucesos, como en el robo de los diarios de Azaña, el juego de, las ocultaciones desde el que se ha querido tantas veces escribir la historia de España también se cebó en su modesta obra: una mano anónima cubrió de pintura ocre las figuras que, dispuestas como los soldados franceses en el cuadro de Goya, disparaban sobre unas toscas siluetas con los brazos alzados. |